La Gitana del Ampurdán

08.05.2013 16:22

Carmen Amaya, en su fuente. Desde antes, desde mucho antes de concebirse el Paseo Marítimo y de plasmar el homenaje a la artista. Este último nació precisamente del derecho de la bailaroa a la fuente, propiedad indiscutible de su alma. ¡Por algo, durante muchos años, había dicho “mis fuente”, “mi” casa, “mi” barrio, al referirse a la sucia, maloliente, desgarrada e inhóspita playa barcelonesa donde nació y creció!

Todos solemos llamar nuestras a muchas  cosas que no lo son. La costumbre, el uso continuado, nos extienden un título de prosperidad espiritual que no necesita pólizas. Ponemos cariño, amor incluso, en ellas; tanto más cuantas alegrías y satisfacciones. De ahí que una fuente municipal, un simple y vulgar chorro de agua, puede ser para un conjunto de gentes y en especial para una chiquilla gitana, la sublimación de unos años. El agua benigna en su milagroso caer, delgado pero seguido, hacía más “casa” la barraca familiar y más “barrio” a aquella suma imposible de tipos humanos de aluvión; buenos muchos, desgraciados los más y enemigos todos del hambre, por conocerla mejor que nadie.

“Mi fuente, ¿qué será de mi fuente? – preguntó Carmen Amaya a José María Massip al enseñarle éste un escrito de “Sempronio” sobre el Paseo Marítimo. Cuando aún era sólo un avanzado proyecto- Y de esta pregunta, sencilla pero emocionante, surgió el dar el nombre de la artista a la fuente. Massip se la comunicó a “Sempronio”, éste lo contó en un artículo y la Comisión de Urbanismo recogió el ruego con simpatía plena. DIARIO DE BARCELONA participó así, decisivamente, por medio de su cronista en Washington y de un cronista del pulso de la ciudad, en este perpetuo homenaje a Carmen Amaya.

La decoración de la fuente es simpática. Gitanillos desnudos, que tienen mucho de aprendices de ángel, bailan en un plafón del que brota el agua, mientras se contemplan en el remanso de la pila. No es el baile puro de Carmen Amaya niña y los niños de Somorrostro con nervio de folklore andaluz.

Recuerdo el domingo e que se inauguraron Paseo y Fuente. Fue en febrero de 1959, con cielo azul y sol esplendente. Una maravilla del día. Calor en el ambiente y en las personas. Multitud de gentes. Fiesta ciudadana, Autoridades y pueblo unidos en las convicción de que daba paso a una obra de absoluto interés.

El Paseo recibió el nombre del General Acedo, gobernador civil de Barcelona, impulsor de las obras. Tras los discursos, el recorrido inaugural en aperturas de centenares de personas satisfechas. Carmen Amaya era la única que me pareció sentía frío. Invitada de honor, la vi arrebujarse varias veces en la estola de visión que llevaba sobre los hombros. Sencilla y cordial, como nunca dejó de ser, sentía frío de la emoción. Abrazaba a antiguos convecinos, a amigos que le recordaban sus tiempos de muchachita privada de todo, menos del genio del arte. Y lloraba, hecha toda sentimiento.

Ante su fuente, ahora ya sin distingos suyos, se pronunciaron palabras bellas. Pero el mejor discurso fue el gesto de Carmen Amaya al beber en la fuente, de mojarse manos y rostro en sus aguas. Fue como un bautizo al revés, salvado el sacramento. La artista, que allí sólo era mujer, reafirmó que pese a su proyección internacional era, antes que nada, española, catalana y barcelonesa.

Carmen Amaya estará siempre en su fuente. Su espíritu no bailará en ella, entre el caer del agua, porque su danza era algo distinto al rumor de la linfa; su baile era apasionado torrente, y un despeñarse de emociones. Pero la Carmen niña, la Amaya mujer, la Carmen Amaya, nombre de gran artista, quedará siempre allí en afirmación de unos valores que a su borde nacieron y al reconocerse por todos, no olvidaron la raíz. Cuando tan fácil es olvidar, la fuente de Carmen Amaya recordará a la humanidad total de esta artista, que por serio tanto tuvo los valores únicos de la sencillez de alma.

 

No sólo por venir al mundo en una playa barcelonesa, sino en todas las facetas de su vida, Carmen Amaya blasonó de su espíritu catalán. Coronado el trashumante peregrinar propio de los grandes artistas, a la hora de elegir refugio duradero anheló su inquietud en una masía de las tierras gerundenses, en el pueblo de Bagur, antesala de uno de los más bellos rincones de la Costa Brava. Su amor hacia aquella comarca trascendió entre la gente del pueblo, que la nombraron Reina de las Fiestas Primaverales de Palafrugell, En aquella ocasión Carmen halló la sardana, público testimonio de cariño al folclore local, simultáneamente en la intimidad del hogar se recreaba en los trabajos y en las costumbres de la típica existencia campesina ampurdanesa.